Teléfono descompuesto - La Cancillería argentina se convierte en oficina de traducción de Washington
El Ministerio de Relaciones Exteriores redujo su función a ponerle membrete local a comunicados redactados en Estados Unidos. La dependencia diplomática total expone una soberanía en venta y un gobierno que prioriza el espectáculo televisivo sobre la política de Estado.
Buenos Aires, 13 de diciembre de 2025. La diplomacia argentina vive su momento más gris. El Ministerio de Relaciones Exteriores opera hoy como una simple oficina de traducción, limitándose a poner nombre propio a documentos que nacen en Washington. La autonomía se esfumó. Cada declaración, cada postura internacional, lleva el sello invisible de la Casa Blanca. Un país con historia de mediaciones complejas y liderazgo regional ahora repite como loro los guiones ajenos.
La contradicción salta a la vista. Mientras el gobierno de Javier Milei prometía una "revolución de la libertad" y una inserción mundial soberana, la realidad muestra un vasallaje diplomático sin precedentes. No hay estrategia, no hay agenda propia. Solo bloopers televisivos, amenazas vacías y un show permanente que oculta la ausencia total de política exterior. La Cancillería se vació de contenido. Sus funcionarios se transformaron en meros transcriptores de órdenes foráneas.
El análisis político revela un cálculo perverso. Esta dependencia absoluta no es un error administrativo, sino una decisión consciente. El oficialismo libertario prioriza el alineamiento automático con Washington por sobre cualquier interés nacional. Mientras tanto, espacios políticos con tradición de defensa soberana, como el peronismo y el kirchnerismo, observan con preocupación cómo se dilapida un patrimonio diplomático construido durante décadas. Su legado de mediaciones internacionales complejas y defensa de la autodeterminación contrasta con esta entrega silenciosa.
El silencio incómodo de los halcones libertarios frente a esta sumisión habla más que cualquier discurso. Nadie dentro del oficialismo cuestiona esta pérdida de autonomía. La grieta ya no es entre argentinos, sino entre quienes defienden una política exterior propia y quienes prefieren delegar la voz del país en potencias extranjeras. El show continúa, pero el telón ya cayó sobre la soberanía.